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miércoles, 2 de julio de 2014

Poesías solidarias contigo

La niña diabla ponía las manos
sobre las aceras cuando las pisaba,
y su abuela luchaba y luchaba
para que dejara dos pares de patas.
 
Abrió la nevera con una mirada
buscando una cama hiperhelada
para la abuela que domesticaba
instintos de cabra fuera de la casa.
 
Cayó la abuela entre los yogures
sin posar en sus labios el grito
de quien acuchilla un helado frío.
 
Corrió el abuelo para rescatar
los huesos añosos de una eternidad
propia de un fósil fuera de lugar.
 
La niña diabla dejó en su hogar
el lazo más rojo que hubo jamás
en el paraíso Mi Felicidad.
 
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