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sábado, 23 de mayo de 2009

Adán, querido Adán

1
 
Ha amado hasta el divorcio impuesto
a un Adán creyente,
después se fue
pidiendo la custodia
de Abel,
su Abel.
 
Un puñetazo en las nubes
le tiró una sentencia de dos hijos,
la condenó a la cadena del trabajo,
la hizo esclava
del salario injusto
y los horarios
a ella, a Eva.
 
Respondió alargando la sonrisa
desde un lunes a un sábado,
pintando los labios con pimienta
abrazando la pancarta del amor.
 
Respondió prestando manos cenicientas,
dejando un sueño en el balcón,
subiendo los pies a los tacones,
comiendo la ira con salmón.
 
 
2
 
Invitaría a cada visitante
a visitar su cueva,
le serviría vino,
le daría un presente,
pondría en cada mano
viva una azucena,
cantaría la nana
de los días alegres.
 
Les diría bajito
un único consejo:
marchad y alegraros
por tener vuestro infierno.
 
El cielo es un calvario
con una cruz clavada
marcando la rotonda
de las felicidades.
 
No dice nada dice,
calla callando tanto,
sella con sus sonrisas
las piedras de su casa.
 
 
3
 
Se asoma a la cueva
de su hombre Adán
y siente que regresa
el aire enamorado.
 
Suspira por su nombre,
respira por su casa,
encuentra en su despensa
lo que en la suya falta.
 
Adán sigue inspirando
los bordados que hace
cuando arrastra la aguja
por la hierba del campo.
 
Le duele tanto amarlo
como odia encontrarlo
y sentir que levita
con su nombre en los labios.
 
  
4
 
Adán, querido Adán,
has sido mi veneno,
sigues siendo mi mal.
 
Amarte es perder,
odiarte es acabar,
tenerte y no tenerte
es lo mismo e igual.
 
No sé por qué te busco
cuando ya acabó
nuestra triste función.
 
Tal vez porque en ti
hallo inspiración
para decir adiós.